lunes, 24 de octubre de 2011

I feel my feet underground


Ya puse por aquí hace bastante tiempo el texto de esta canción, ahora pongo también el vídeo.




No tengo palabras que rimen contigo
o quizá no las quiero buscar.
Sigo tu rastro por las miradas
y no encuentro el camino.
I feel my feet underground.

Han pasado tantas canciones
y tantas cosas que callar.
No sé dónde buscarte,
dame una pista,
susúrrame en sueños...
dónde estás.

Y sintigo arrastro mi cuerpo por los bares,
sintigo con cristales rotos bajo los pies,
sintigo las verdades y las mentiras son malabares
con los recuerdos y la imaginación,
conmigo y tu vacío en mi colchón,
conmigo y sintigo en esta canción.

A veces cierro los ojos
y te oigo caminando en mis palabras,
poniendo mi vida patas arriba,
fabricando recuerdos para mañana.

Espero la lluvia para no llorar solo,
se me caen las miradas
por las calles llenas de ojos.
Voy atravesando el desierto
que a cada momento
me va creciendo por dentro.

Y sintigo arrastro mi cuerpo por los bares,
sintigo con cristales rotos bajo la piel,
sintigo las verdades y las mentiras son malabares
con los recuerdos y la imaginación,
conmigo y tu vacío en mi colchón,
conmigo y sintigo en esta canción.

lunes, 3 de octubre de 2011

Sin título (26-8-2011)

A veces pienso que mi corazón

es una bomba nuclear.

A veces me vence el alcohol

y me rompo la voz

en el último bar.

Cada mañana vuelvo a tropezar

con las mismas miradas

y con la misma gente.

Y por las calles quisiera gritar

afilando palabras

con un cuchillo verde.

Saben a papel las noches de invierno

en esta habitación

sin luna ni persianas.

Los armarios se manchan de recuerdos,

dentro de mi cajón

tan sólo hay telarañas.

A veces me escondo bajo la piel

junto a mis malos pensamientos.

A veces creo que no puedo perder

y me vuelvo a caer cuando remonto el vuelo.

A veces se oxidan mis sentimientos

empapados de alcohol y tristeza.

A veces suicido todos mis sueños

para matar el viento

que sopla en mi cabeza.

Cada día la historia se repite:

la misma función

con el mismo final.

Sigo escribiendo cartas sin remite,

canciones sin amor

y lágrimas sin sal.

A veces...

lunes, 15 de agosto de 2011

El Reflejo


Me gusta caminar por la ciudad sin dirección. En esos vacíos de tiempo en los que la gente no sabe qué hacer, yo exploro las calles, me mezclo con el hormiguero e individualizo cada rostro, a veces, incluso, me imagino una historia detrás de cada mirada, convierto personas anónimas en mis personajes privados.

Una vez vi un tipo con mi misma chaqueta, unos metros más adelante, caminando en mi misma dirección. Tenía el pelo largo, recogido en una coleta. Juraría que la goma de pelo que usaba era igual que la mía. Caminaba con calma, pero sin parsimonia. Cada vez me llamaba más la atención.

Yo aceleraba el paso y parecía que huía, en cambio, cuando aflojaba el ritmo para disimular mi persecución, él se tranquilizaba. Comenzaba a sospechar que él supiera que le estaba siguiendo. Pero qué más me da lo que piensen los demás, no estoy haciendo nada malo.

Quería verle la cara, no me quedaría tranquilo hasta verle la cara. Había pensado en hacer una pequeña carrera, ponerle la mano en el hombro y en cuanto se diese la vuelta pedir perdón y decir que lo había confundido con otra persona.

Dobló una esquina, no podía dejarlo escapar, así que hice un pequeño sprint para no perderlo y, en cuanto llegué a la esquina, nadie. No había nadie en esa calle. De repente siento una mano sobre mi hombro, mi corazón parecía una locomotora a toda máquina. Me giro y “lo siento, lo he confundido con otra persona”.

Alex Modlov.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Respuestas retóricas II

Palabra Itinerante: ¿A dónde van las chispas que nos saltan de los sueños?
Andy: Se reciclan en tu lenguaje.

martes, 12 de julio de 2011

Respuestas retóricas

¿Dónde estabas antes de nacer?
En las palabras
de tus
padres.





viernes, 6 de mayo de 2011

martes, 15 de marzo de 2011

La cicatriz

Me gusta recordar a través de las cicatrices. Cada una es un momento de mi vida que vuelve a mí cuando la miro o siento su tacto. Tengo una sobre el índice de la mano derecha que me recuerda la primera vez que decidí hacerme yo solo un bocadillo. Otra en el codo izquierdo me recuerda un impresionante descenso sin frenos desde La Cuesta del Cuerno. Pero sin duda la más importante es la cicatriz que llevo en el cuello.


Era el final del verano. Alberto volvía después de un mes fuera. Todos los amigos quedaron obedientemente con él para pasar el día pedaleando, no importaba a dónde, lo importante es que Alberto estaba de nuevo aquí. No existía el cansancio, no se nos permitía el aburrimiento en su presencia. Alberto había vuelto.

Antes de regresar a casa para la cena Alberto dejó que el resto se fueran yendo poco a poco. En cuanto nos quedamos solos se lo sacó del bolsillo: -No se lo digas a éstos. Te lo compré porque sé que te gustan estas cosas. Era una punta de flecha en un cordón negro. Yo prefería los colgantes con significado, una flecha no me decía gran cosa, pero me la había regalado Alberto, a mí y no al resto. Eso llenaba la flecha de más significado que todos los colgantes del mundo.


Llevaba siempre la flecha bien ceñida al cuello, no quise esperar a que se fuera la roncha que me había salido justo en la trayectoria del cordón. Esa roncha terminó cansándose de ser roncha y decidió hacerse sangre. Mis padres estuvieron a punto de cortarme el colgante con tal de que no empeorase la rozadura, pero yo no iba a permitir tal traición. Con el roce continuo no duraban las postillas más que un par de días y no tardó en infectarse la herida. La solución fue aflojar todo lo posible el cordón para alejarlo de la zona de conflicto.


No importaba que en esas últimas semanas de septiembre Alberto y yo nos hubiéramos enfadado. Yo seguía llevando la flecha. No era la primera vez que discutíamos -últimamente era una costumbre-, pero esta discusión había sido la más fuerte hasta el momento. Aun así no importaba, nos reconciliaríamos, y más adelante volveríamos a discutir y a arreglar las cosas entre nosotros, y otra vez discutiríamos y nuevamente volveríamos a ser amigos.


En mi casa todos han sido siempre unos vagos y todavía más un sábado por la mañana. Por no variar yo me tuve que levantar del sofá para coger el teléfono:

-Carrasco, Alberto ha muerto.

-Es una broma.

-¡Qué no es una broma! ¡Alberto ha tenido un accidente esta mañana!


Al final cicatrizó bien la herida del cuello. Llevé el colgante durante años hasta que se desgastó la flecha y ya casi no parecía una flecha, sino un simple trozo de metal gris. Entonces la guardé en un cajón. Pero sigo llevando la cicatriz.